LA ORACIÓN


Monseñor Marcel Lefebvre

No podemos empezar nuestra carta pastoral de este tiempo salutífero de penitencia que con las palabras de nuestro Santo padre el Papa Pío XII el 10 de Febrero pasado ante los fieles de Roma:

“Frente a la persistencia de una situación que, no dudamos en decirlo, puede a cada momento provocar una explosión y de la cual tenemos que buscar el origen en la tibieza religiosa de un tan gran número, en el descenso de nivel moral de la vida pública y privada, en la empresa sistemática de intoxicación de las almas simples…los  buenos no pueden inmovilizarse en los senderos, acostumbrados espectadores de un futuro aterrador”.

Elevamos entonces nuestra voz con la del Pastor Supremo para pedirles que reflexionen seriamente, en el transcurso de estos días de gracias que preceden al día aniversario de la resurrección de Nuestro Señor, sobre uno de los medios más poderosos de renovación, de resurrección espiritual y temporal del mundo: queremos hablarles de la oración.

No ignoramos que la verdadera solución de las relaciones entre los pueblos, de la vida interior en las naciones, se encuentra en la filosofía y la teología cristianas. Todo el dinero del mundo, todas las astucias de una diplomacia egoísta, todas las encuestas, todos los congresos no sirven para nada, si no se tienen en cuenta los datos de la verdadera sabiduría y de la razón.

Y sabemos también que solamente la Iglesia, mandada por Dios en la persona de Nuestro Señor Jesucristo, posee en su plenitud todos los tesoros de verdad necesarios para la paz y la concordia entre los pueblos.

Y sin embargo, a pesar de las apremiantes exhortaciones del Vicario de Cristo, se codifica, se legisla, se redactan constituciones nacionales o internacionales rechazando las enseñanzas de Aquél que ha dicho: “Sin Mí nada podéis hacer”.

Nos parece escuchar la voz de Dios por la boca del profeta Jeremías: ¿Por qué este pueblo se aleja con un alejamiento continuo? ¿Por qué persisten en la mala fe? ¿Por qué rechazan volver? Tuve cuidado, y no hablan como conviene. Ninguno se arrepiente de sus maldades diciendo: ¡Qué he hecho! Todos reanudan su carrera como un caballo que se lanza a la batalla. La paloma y la golondrina observan el tiempo de su regreso, pero mi pueblo no conoce la ley de Dios. El estilo mentiroso de los escribas la ha cambiado en mentira…Por eso haré de Jerusalén un montón de piedras, una guarida de chacales; de las ciudades de Judá una soledad sin habitantes”.

Frente a la ceguera de los espíritus, frente al endurecimiento de los corazones, se impone a nosotros, queridísimos hermanos, un deber grave, muy grave: el de rezar, de juntar nuestras manos para implorar de Dios la salvación del mundo.

Las circunstancias nos invitan más que nunca a elevar nuestras almas a Dios, a resucitar en nosotros las virtudes de piedad y de devoción que la sangre de Cristo ha depositado en nosotros por el bautismo.

Se dice que Dios tiene necesidad de los hombres, pero si esta necesidad existe en Dios por un acto enteramente libre de amor y de bondad, es mucho más exacto decir que el hombre tiene necesidad de Dios; necesidad innata que tiene su raíz en todo su ser, que San Pablo expresaba tan vigorosamente diciendo: “En Dios vivimos, nos movemos y existimos”.

Si ocurriera que ni nuestro corazón ni nuestra razón aspiraran a Dios, estaríamos desnaturalizados. Es en el momento en que todo se abandona: riquezas, amigos, familia, salud; en en ese momento demasiado rápido -que todos experimentaremos- cuando el moribundo encuentra una sabiduría insospechada, en sentido de la realidad de Dios y de la vanidad del mundo: su alma siente entonces una inmensa necesidad de Dios.

¿Por qué seríamos insensatos en el curso de nuestra experiencia y sabios en su último instante, si complace a Dios darnos conciencia de eso?

La oración no es otra cosa que la ascensión de nuestra alma hacia su Creador y Redentor, es natural al alma sencilla y recta. Se necesita la costumbre del pecado, opuesto a esa elevación del alma hacia Dios, para seducir la oración a una pura formalidad; se necesita el orgullo del espíritu, entretenido por fábulas y sofismas, para llevar al hombre a tener verguenza de rezar.

Amemos la oración privada, la oración en familia, la oración litúrgica. El catecismo nos enseña lo que conviene hacer sobre este tema, y cuándo hay que hacerlo.

Recordemos sin embargo que nuestra oración debe traducir una actitud interior de nuestra alma, actitud de devoción y de adoración que hará la obligación de la oración fácil, dulce y amable. Por eso Nuestro Señor nos invita a rezar siempre: Oportet semper orare.

En estos sentimientos de hijos hacia Dios, gustaremos rezar como nos lo aconseja Nuestro Señor y nos da el ejemplo:

“Cuando oren, no lo hagan como los hipócritas, que gustan orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para que los hombres los vean. Ellos ya recibieron su recompensa. Tú, cuando reces, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a  tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre, que ve lo secreto, te premiará. Al orar no multipliquen las palabras, como hacen los paganos que piensan que por su verborragia serán atendidos. Ustedes no se les parezcan: Su Padre conoce sus necesidades antes de que le supliquen, pero es así como deben rezar”.

Y continúa Nuestro Señor enseñándonos la admirable oración del Padre Nuestro.

Esta manera privada de rezar no es sin embargo exclusiva, y Nuestro Señor mismo, por su presencia en las sinagogas, en las oraciones públicas en el templo de Jerusalén, adonde sube en las grandes fiestas acompañando a su familia, luego a sus discípulos, muestra bien en qué estima tiene esta oración litúrgica.

Amemos también rezar en familia.  Desgraciadamente sorbe este tema ¡Cuántos entre ustedes  no hacen oración en la mañana y en la noche! ¡Cuántos reciben de Dios el pan diario sin pedirle usarlo con medida y sin agradecerlo!

¡Qué cada jefe de familia restablezca esa virtuosa costumbre, tan edificante para los hijos, tan agradable a Dios, tan llena de bendiciones para el hogar!

¿Cómo no extrañarse que Dios no nos persiga con sus vindictas y su justa ira cuando busca en vano sentimientos de reconocimiento por los beneficios que nos otorga?

La Iglesia, fiel tradición bíblica y al ejemplo de Nuestro Señor, nos pide cesar el trabajo el domingo y tomar parte en la oración litúrgica, en la oblación ritual de la asamblea cristiana, hecho no solamente de una manera simbólica sino real, por la ofrenda del cuerpo y de la sangre de Jesucristo, de quien somos miembros.

¿Cuántos cumplen este deber con una convicción profunda, con una fe viva? No nos atreveríamos a hablar de proporción entre los bautizados y los participantes en la misa dominical.

Si se comprueba con alegría que, desde estos últimos años hay una mejor comprensión de ese deber en un cierto número, sin embargo uno está todavía estupefacto pensando que más de la mitad de los bautizados descuidan deliberadamente esta grave obligación.

A ustedes, queridísimos hermanos, que estiman todo el beneficio de este requisito público semanal, de este don renovado de ustedes mismos como partes integrantes del Cuerpo Místico de Cristo,  ustedes que son otros Cristos, les pido rezar con ardor, suplicar al Dios todopoderoso, al misedicordioso Corazón de Cristo, esclarecer los espíritus extravíados por el orgullo, abrir los corazones endurecidos por las pasiones.

Redoblen el fervor en sus oraciones privadas o públicas, a fin de que el brazo vengador del Dios justo no se abata sobre las naciones cristianas, olvidadas de sus deberes.

Recurramos a la Virgen María, Reina del Cielo, Mediadora de todas las gracias, Refugio de los pecadores: Ella nos enseñará a rezar, como les enseñó a los apóstoles en el cenáculo:

“Todos los apóstoles -dicen los Hechos- perseveraban en la oración con María, Madre de Jesús”

Carta Pastoral, Dakar, 17 de febrero de 1952

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